El estudiante tragaba la oblea hallándose en ayunas, y en los tres días sucesivos no debía
comer ni beber nada, fuera de agua y pan. Una vez digerida la oblea,
la tintura ascendía al cerebro, llevando consigo la demostración.
Pero el éxito hasta entonces no había sido
completo, en parte por error en las dosificaciones y en parte por la perversidad de los
muchachos, para quienes aquella ingestión era tan nauseabunda, que generalmente ocultaban
la oblea en la boca y la escupían luego, aparte de que
nunca podía persuadírseles de que
guardaran la abstinencia tan larga como el método requería.